Te gusta que te tome como mi zorra

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Estábamos en el living de mi departamento, ella recostada en el sofá con su bikini diminuto que apenas cubría sus enormes tetas. La miré con deseo, con ansias de cogerla como nunca antes. «Te gusta que te tome como mi zorra, ¿verdad?», le dije mientras acercaba mi verga dura a su boca sedienta de semen.

Ella asintió con una sonrisa pícara y comenzó a mamar con ansias, su lengua jugueteando con mi pija mientras yo acariciaba su culo grande y firme. No podía resistir más, así que la tomé con fuerza y la coloqué en cuatro patas en el sofá. «¿Quieres que te folle como la puta que eres?», le pregunté mientras le daba una nalgada fuerte que hizo resonar la habitación.

Mi pija palpitaba de deseo y sin más preámbulos, la penetré con violencia, sintiendo cada centímetro de mi verga entrando en su concha mojada y estrecha. Gemía como una zorra en celo, pidiéndome más y más. «Sí, sí, dame más, cógeme como a tu puta», gritaba mientras mis embestidas la hacían estremecer de placer.

La tomé del cabello y la obligué a mirarme a los ojos mientras seguía cogiéndola sin piedad. Sus gemidos se mezclaban con mis gruñidos de placer, la pasión desbordaba en cada embestida, en cada roce de nuestras pieles sudorosas. «¿Te gusta sentir mi verga dentro de ti, eh? ¡Eres mi puta, mi zorra en celo!», le decía entre jadeos y gemidos.

No podía contenerme más, así que la puse boca arriba en el sofá y comencé a lamer sus tetas con voracidad, chupando sus pezones duros como rocas. Ella se retorcía de placer, gimiendo sin control, rogando por más. «¿Quieres que te dé por el culo, zorra?», le susurré al oído mientras mis dedos jugueteaban con su ano.

Sin esperar respuesta, la penetré analmente con fuerza, sintiendo cómo mi verga se abría paso en su culo apretado y caliente. Sus gritos de placer resonaban en la habitación, mezclándose con el sonido de nuestros cuerpos chocando y el olor a sexo que inundaba el ambiente. «¡Sí, sí, dame más por el culo, soy tu puta, tu zorra!», gemía desesperada de placer.

Nuestros cuerpos se movían al compás de la lujuria, sin freno, sin límites. Cada embestida era un grito de placer, cada gemido un pedido de más. La tomé con fuerza de las caderas y aumenté el ritmo, sintiendo cómo el éxtasis se apoderaba de nosotros, llevándonos al borde del abismo del placer más intenso.

La penetré con furia, con deseo animal, sin contenerme ni un segundo. Mis embestidas eran cada vez más salvajes, más profundas, más intensas. Ella gemía sin control, sus uñas arañando mi espalda, su cuerpo temblando de placer. «¡Así, así, cógeme como tu puta, dame más, dame todo!», gritaba entre jadeos y gemidos.

Sentía cómo el deseo nos consumía, cómo la pasión nos llevaba al límite de lo prohibido. La tomé con más fuerza, la cogí con ansias, sin parar, sin descanso. Nuestros cuerpos sudorosos se fundían en un baile de lujuria y desenfreno, sin importar nada más que el placer que nos invadía por completo.

Finalmente, llegamos juntos al climax, el éxtasis nos envolvió en una ola de placer incontrolable. Me dejé llevar por la venida más intensa de mi vida, mientras ella se estremecía de placer bajo mis embestidas. Los gemidos, los gritos, los susurros, todo se mezclaba en un torbellino de pasión desenfrenada.

Nos quedamos exhaustos, abrazados, con el sudor y el olor a sexo impregnando el ambiente. Nos miramos a los ojos, satisfechos, complacidos, felices. «Te gusta que te tome como mi zorra, ¿verdad?», le susurré al oído, mientras una sonrisa de complicidad se dibujaba en nuestros rostros.

Y así, entre gemidos y susurros, entre besos y caricias, entre sexo y pasión, nos perdimos en un mar de placer infinito, donde no existía nada más que nosotros, entregados por completo al deseo más profundo, al amor más salvaje, a la lujuria más pura.