Invitando a una colegiala morrita de día de campo y acaban cogiendo

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El sol brillaba en lo alto del cielo despejado, envolviendo en calidez a la colegiala morrita con un culo grande y nalgas jugosas que había aceptado la invitación de Manuel a un día de campo. Con una falda corta y ajustada que apenas cubría sus muslos, la joven provocaba a Manuel con cada paso que daba, dejando al descubierto sus piernas tonificadas y su trasero tentador.

Manuel, un hombre maduro con una pija ansiosa por acción, no podía contener la excitación al ver a la colegiala moviendo su culo de un lado a otro mientras caminaban por el campo. Cada balanceo de sus caderas aumentaba el deseo en Manuel, quien no veía la hora de tener a esa zorrita entre sus brazos.

Al encontrar un lugar apartado y cubierto de árboles, Manuel no pudo resistirse más y tomó a la colegiala morrita por la cintura, atrayéndola hacia él con fuerza. Sin mediar palabras, comenzó a besar su cuello, sintiendo la respiración agitada de la joven contra su piel. Ella, excitada y sumisa, se dejaba llevar por el deseo de sus pulsiones más primitivas.

Con manos temblorosas, Manuel levantó la falda de la colegiala, revelando unas bragas diminutas que apenas podían contener su concha húmeda y ansiosa. Sin decir una palabra, bajó las bragas hasta los tobillos de la morrita, quien, sin resistirse, se entregaba a la lujuria desenfrenada que comenzaba a apoderarse de ellos.

La verga de Manuel, dura como piedra, se abrió paso entre las piernas de la colegiala, buscando un refugio cálido y apretado donde saciar su sed de sexo. La concha de la morrita, empapada y estrecha, envolvía la verga con fuerza, provocando gemidos ahogados y susurros de placer.

Manuel embestía con fuerza, sintiendo cómo su verga se hundía una y otra vez en lo más profundo de la concha de la colegiala. Ella, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, se aferraba a él con desesperación, sintiendo cómo el éxtasis se apoderaba de su cuerpo.

Entre gemidos y jadeos, Manuel tomó las tetas de la morrita en sus manos, apretando con fuerza los pezones erectos y jugando con ellos con lujuria desenfrenada. La colegiala, entregada al placer, arqueaba la espalda en busca de más contacto y más placer.

La intensidad del momento no conocía límites, y Manuel, sin detenerse un instante, cambió de posición, colocando a la morrita a cuatro patas frente a él. Con una visión privilegiada de su culo grande y nalgas temblorosas, no pudo resistir la tentación de darle una buena cogida por detrás.

Con cada embestida, Manuel podía sentir el choque de sus caderas contra las nalgas de la colegiala, provocando un sonido obsceno que resonaba en el silencio del bosque. La morrita, entregada al placer más primitivo, pedía más y más, ansiosa por ser tomada y poseída por completo.

El sudor cubría sus cuerpos entrelazados, mezclándose con la saliva y los gemidos de placer que escapaban de sus bocas entreabiertas. Cada embestida era un torbellino de sensaciones que los llevaba al límite de la locura.

Manuel, sintiendo que no podía contenerse por más tiempo, sacó su verga de la concha empapada de la morrita y la colocó frente a su boca entreabierta. Sin decir una palabra, la joven entendió lo que se esperaba de ella y comenzó a mamar con ansias, saboreando cada gota de líquido preseminal que brotaba de la verga de Manuel.

Los gemidos aumentaban en intensidad a medida que la colegiala mamaba con avidez, sintiendo cómo la verga de Manuel crecía en su boca, indicando que el momento de la venida se acercaba inexorablemente.

Con un gemido gutural, Manuel se dejó llevar por la intensidad del momento y dejó que su verga explotara en la boca de la morrita, quien tragó cada gota de semen con ansias de más. El sabor salado inundaba su paladar, mezclándose con el placer de haber sido usada y poseída de esa manera tan cruda y lasciva.

Así, en medio del campo y envueltos en el sudor y la lujuria desenfrenada, Manuel y la colegiala morrita vivieron una experiencia de sexo salvaje y sin límites, donde la pasión y el deseo los consumieron por completo, dejándolos exhaustos pero completamente satisfechos.