Le pedí a mi chava un video tocándose y vean qué me envió

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Después de un día largo de trabajo, llegué a casa caliente y ansioso por algo de acción. Mi chava, una morra con un culo perfecto y unas tetas deliciosas, estaba dispuesta a satisfacer mis deseos más oscuros. Tomé mi celular y le pedí que me enviara un video tocándose. La espera se hacía eterna, pero finalmente llegó el tan ansiado mensaje. Abrí el video y lo que vi me dejó sin aliento.

En la pantalla, mi chava se tocaba con una sensualidad que me volvió loco al instante. Sus gemidos eran música para mis oídos, y ver cómo acariciaba su culito caliente me provocó una erección instantánea. No pude resistirme y empecé a tocarme mientras la veía disfrutar del placer solitario.

«¡Qué puta estás, mami! ¡Sigue así que me estás poniendo al mil por hora!», le gritaba a la pantalla. Mis palabras la incentivaban, y con cada movimiento de sus dedos, sentía cómo mi verga se ponía más dura y lista para la acción.

La imagen de su culo perfecto en primer plano me volvía loco. Quería lamerlo, besarlo, penetrarlo con mi verga hasta el fondo. No podía resistir más la tentación, así que le envié un mensaje: «Quiero cogerte duro, mami. ¡Ven a mi cuarto y déjame darte lo que te mereces!».

Ella no tardó en llegar, con una lencería que resaltaba su cuerpo curvilíneo. Sin mediar palabra, la tomé de la cintura y la empujé contra la pared. Mis manos recorrían su espalda, su culo caliente en mis manos, apretándolo con fuerza.

La ropa volaba por toda la habitación mientras nos devorábamos con ansias. Le arranqué la tanguita con violencia, dejando al descubierto su concha húmeda y lista para ser penetrada. Me arrodillé y empecé a comerle el coño con una voracidad animal, sintiendo sus gemidos de placer en cada lamida.

«¡Dame tu verga, papi! ¡Quiero sentirla dentro de mí!», me suplicaba entre gemidos. Sin pensarlo dos veces, la levanté en el aire y la coloqué sobre mi verga dura y palpitante. La penetré con fuerza, sintiendo cómo su concha apretaba mi pija con desesperación.

Los dos gemíamos de placer, entregados al calor del momento. Cada embestida era más intensa que la anterior, haciendo que nuestros cuerpos chocaran con fuerza. La sudoración era evidente, pero eso solo aumentaba nuestro deseo de seguir cogiendo sin parar.

De repente, me detuve y le dije: «Ahora me toca a mí, putita. Quiero probar ese culo perfecto que tanto me has provocado». Sin darle tiempo a reaccionar, la puse en cuatro patas y comencé a lamer su ano con ansias. Ella gemía de placer, pidiendo más y más.

Con cuidado, fui introduciendo mi verga en su culo apretado, sintiendo cómo se dilataba con cada embestida. El dolor se mezclaba con el placer, y pronto ambos estábamos culeando como animales en celo. El sexo anal nos consumía, llevándonos a un éxtasis incontrolable.

«¡Dame más, papi! ¡Hazme tuya por completo!», gritaba ella entre gemidos de placer. Mis embestidas eran cada vez más profundas, más intensas, más salvajes. La sensación de tener mi verga dentro de su culo caliente era indescriptible.

Finalmente, llegamos juntos al clímax. Con un grito gutural, me corrí dentro de su culo, sintiendo cómo mi semen se mezclaba con sus fluidos. Ambos caímos exhaustos sobre la cama, satisfechos y llenos de placer. Nos abrazamos, sintiendo el calor de nuestros cuerpos entrelazados.

Así terminó aquella noche de pasión desenfrenada, con el recuerdo de aquel video tocándose aún fresco en nuestras mentes. Sabíamos que aquella experiencia solo era el comienzo de muchas más noches de sexo salvaje y desenfrenado. Y así, entre gemidos y sudor, nos entregamos al placer una vez más, sabiendo que nuestro deseo era insaciable.