Morrita ebria cede ante el compa y lo deja entrar en su cuarto

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Era viernes por la noche y en una fiesta en una casa abandonada, la morrita estaba más ebria de lo que jamás había estado. Sus nalgas grandes eran el centro de todas las miradas, con los chicos baboseando por sus culos xxx mientras se tambaleaba entre la multitud. El compa, un chico rudo con una verga enorme, se acercó a ella con una sonrisa lasciva en el rostro.

«¿Qué onda, morrita? Veo que te gusta la fiesta, ¿verdad?» dijo el compa con voz ronca, mirando descaradamente sus nalgas grandes. La morrita, con la mirada perdida y el sudor perlado en su frente, asintió sin decir una palabra. Sin mediar más palabras, el compa la tomó de la mano y la llevó a un cuarto oscuro al fondo de la casa.

Dentro del cuarto, la morrita se dejó caer en la cama, con la cabeza dando vueltas por el alcohol en su sangre. El compa se acercó a ella, desabrochando lentamente su blusa barata y revelando sus tetas pequeñas pero firmes. «Estás bien buena, morra. Me encantan tus tetitas», dijo el compa mientras acariciaba sus pezones erectos.

La morrita gimió levemente, sintiendo una mezcla de excitación y confusión. El compa no perdió tiempo y comenzó a besar sus labios con ansias, introduciendo su lengua en su boca con deseo. Sus manos ásperas recorrieron su cuerpo con avidez, llegando a sus nalgas grandes y apretándolas con fuerza.

«Eres toda una putita, ¿verdad? Te gusta que te traten así, ¿eh?» murmuró el compa entre besos y mordiscos en el cuello de la morrita. Ella solo pudo gemir en respuesta, entregándose al momento y a las sensaciones que recorrían su cuerpo.

El compa se despojó de sus ropas rápidamente, dejando al descubierto su verga erecta y palpitante. Sin decir una palabra más, se colocó entre las piernas de la morrita y la penetró con fuerza, haciéndola gemir de placer y dolor al mismo tiempo.

«¡Sí, cógeme, cabrón! ¡Hazme tuya!» gritó la morrita, entregada al momento y al placer que le proporcionaba el compa con cada embestida. Sus cuerpos sudorosos se movían en perfecta sincronía, culeando como animales en celo.

La morrita sintió un cosquilleo intenso en su interior, indicio de que llegaría al clímax en cualquier momento. El compa, notando los espasmos de su concha apretando su verga, aumentó el ritmo de sus embestidas, llevándola al borde del orgasmo.

«¡Sí, sí, síííí!» gritó la morrita mientras su cuerpo se arqueaba en un delicioso orgasmo, sintiendo cómo el placer la invadía por completo. El compa, sintiendo el estallido de la morrita, no pudo contenerse más y se dejó llevar por el deseo, eyaculando dentro de ella con fuerza.

Los dos cuerpos sudorosos permanecieron unidos por unos instantes, disfrutando del éxtasis que los envolvía. El compa se retiró lentamente de la morrita, dejando escapar un gemido de satisfacción por la cogida intensa que acababan de compartir.

La morrita, con la respiración entrecortada y el cuerpo temblando, sonrió débilmente al compa. «Eso estuvo increíble», susurró con voz ronca, aún sintiendo los efectos del orgasmo en su interior. El compa le guiñó un ojo y se levantó de la cama, vistiéndose rápidamente.

«Nos vemos, morrita. Ha sido un placer», dijo el compa antes de desaparecer por la puerta, dejando a la morrita sola en el cuarto, con su cuerpito temblando por la intensa cogida que acababa de experimentar.

La morrita se quedó allí, recostada en la cama, con una sonrisa de satisfacción en los labios. Sabía que aquella noche quedaría marcada en su memoria como una de las más intensas y eróticas de su vida. Y con esa sensación de plenitud y deseo satisfecho, cerró los ojos y se dejó llevar por el sueño, con la imagen del compa y su verga enorme aún fresca en su mente.