Cogiendo a morrita adolescente mientras su madre duerme

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La habitación estaba en penumbras, solo iluminada por la luz de la luna que se colaba por la ventana entreabierta. La madre de la morrita adolescente, en un profundo sueño tras una larga jornada de trabajo, ni siquiera sospechaba lo que ocurría apenas a unos metros de distancia. El chico, con una verga dura como piedra y ganas de coger que le quemaban en las entrañas, se acercó sigilosamente a la cama de la joven.

La morrita, recostada boca arriba con su corta y ajustada pijama rosa, parecía inocente e indefensa. Pero él sabía que debajo de esa apariencia angelical se escondía un culo caliente ansioso por ser penetrado. Sin mediar palabra, comenzó a acariciar sus tetas con ansias, sintiendo cómo se endurecían los pezones al tacto de sus dedos ávidos de sexo.

La adolescente, entre sueños, empezó a gemir suavemente, respondiendo de forma instintiva a las caricias lascivas del chico. Sin embargo, no tardó en despertar por completo al sentir la mano del intruso deslizándose por debajo de su pijama, acariciando su concha húmeda y deseosa de ser penetrada. Abrió los ojos sorprendida, pero antes de que pudiera decir nada, él la besó con pasión, introduciendo su lengua en su boca y chupando su saliva con deseo.

La morrita, desconcertada pero excitada, se dejó llevar por la lujuria del momento. Sus manos temblorosas se dirigieron a desabrochar la bragueta del chico, liberando así su verga palpitante que saltó con fuerza en busca de la concha mojada que le aguardaba. Sin mediar palabras, él la penetró con ansias, sintiendo cómo su pija entraba y salía de su concha estrecha en un vaivén frenético de placer desenfrenado.

Los gemidos de la morrita se mezclaban con los gruñidos del chico, quien embestía con fuerza su culo xxx, sintiendo cómo se estrechaba y se dilataba al compás de sus embestidas. El sudor perlaba sus cuerpos desnudos, el calor se hacía insoportable en la habitación mientras la madre dormía ajena a la cogida que su hija adolescente estaba recibiendo en ese preciso momento.

Él, sin dar tregua, cambió de posición y situó a la morrita a cuatro patas, ofreciéndole así su culo caliente en pompa y listo para ser penetrado sin miramientos. Con una mezcla de dolor y placer, la joven sintió cómo la verga del chico se abría paso en su interior, llenándola por completo y haciéndola gemir de pura excitación.

Cogiendo con furia y deseo, los cuerpos sudorosos se fundían en una danza erótica de placer desenfrenado. Los sonidos de la carne chocando se mezclaban con los gemidos y gritos ahogados de la morrita, quien se abandonaba por completo al placer prohibido de la cogida en medio de la noche.

El chico, sintiendo que no podía contenerse más, sacó su verga de la concha de la morrita y la colocó en la entrada de su culo, preparado para darle un anal que jamás olvidaría. Con un gemido ahogado, él embistió con fuerza, sintiendo cómo su pija se abría paso en el estrecho agujero de la adolescente, quien gritaba de dolor y placer al mismo tiempo.

La escena se volvió un torrente de sexo salvaje, con la verga del chico entrando y saliendo del culo apretado de la morrita en un vaivén desenfrenado que parecía no tener fin. Los cuerpos se fundían en un abrazo carnal, los gemidos se mezclaban con los jadeos y el sudor empapaba sus pieles en una orgía de placer y lujuria.

Finalmente, el chico no pudo contenerse más y con un gruñido gutural, se dejó ir en el culo de la morrita adolescente, llenándolo por completo de su venida caliente y espesa. La joven, exhausta y temblando de placer, cayó rendida sobre la cama, sintiendo cómo el semen del chico se deslizaba por entre sus nalgas en una mezcla de sudor y fluidos corporales.

Así, en medio de la noche, la morrita adolescente había sido cogida con furia y pasión mientras su madre dormía ajena a la orgía desenfrenada que había tenido lugar a escasos metros de distancia. El chico se vistió rápidamente y desapareció en la oscuridad, dejando a la joven sumida en un mar de placer y culpa por lo que acababa de suceder.

El silencio de la habitación se vio roto únicamente por el suave ronquido de la madre, mientras la morrita adolescente yacía desnuda y exhausta en la cama, con el recuerdo de la cogida aún fresco en su mente y en su cuerpo. El sexo prohibido y salvaje había marcado sus almas para siempre, convirtiéndolos en cómplices de una noche de pasión desenfrenada e inolvidable.