Qué rica verga, casi no cabe en mi boca

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Qué rica verga, casi no cabe en mi boca.

Estaba ansiosa por sentir esa pija gruesa llenando mi garganta, así que me arrodillé frente a él, con mi culo caliente en pompa esperando ser cogida. Él se acercó, con su verga bien parada y goteando presemen. No pude resistir la tentación y empecé a mamársela con ansias, sintiendo cada centímetro de esa pija en mi boca. La saliva brotaba, mezclándose con su líquido preseminal, lubricando ese mástil duro y ansioso por penetrar. Me encantaba cómo me llamaba puta mientras me la metía hasta el fondo, casi ahogándome con su glande golpeando mi garganta una y otra vez.

Los gemidos empezaron a llenar la habitación, mientras yo seguía mamando esa verga con desesperación. Mis tetas rebotaban con cada embestida, el sudor comenzaba a cubrir mi cuerpo y mis manos acariciaban mis pezones duros de excitación. Él no aguantaba más y me tiró sobre la cama, levantando mis piernas y dejando mi concha húmeda y ansiosa de ser cogida al descubierto.

Sin mediar palabras, él se colocó entre mis piernas y comenzó a penetrarme con fuerza, sus caderas chocando contra las mías en una danza salvaje de sexo. Sentía su verga entrando y saliendo de mi concha, cada embestida más profunda y ruda que la anterior. Mis gemidos se mezclaban con sus gruñidos, mientras él me decía que era su puta y que le encantaba cogerme así de duro.

Culos xxx como el mío no se encontraban todos los días, y él lo sabía. Por eso, no paraba de embestirme con fuerza, haciendo que las paredes retumbaran con el sonido de nuestros cuerpos chocando. Me sentía llena, cubierta por esa verga que sabía a deseo y lujuria. Mis uñas arañaban su espalda, marcando mi territorio en su piel sudada.

El placer crecía en mí como una tormenta imparable, anunciando la inminente venida de un orgasmo arrollador. Él lo notó y aumentó el ritmo, embistiéndome con más fuerza si eso era posible. Mis gritos de placer se mezclaban con sus gruñidos, creando una sinfonía de sexo y desenfreno que inundaba la habitación.

De repente, sin previo aviso, él sacó su verga de mi concha y la colocó en la entrada de mi culo caliente. Sabía lo que quería y yo estaba lista para dárselo. Sin pensarlo dos veces, empujó con fuerza, abriéndome de par en par y entrando en mi interior con una mezcla de dolor y placer indescriptible.

El sexo anal siempre me ponía al límite, pero esta vez era diferente. Sentía su verga explorando cada rincón de mi culo, abriéndome completamente y haciéndome suya de una manera que nunca antes había experimentado. Mis gritos se volvieron gemidos de puro placer, mis manos agarrándome las sábanas con fuerza mientras él seguía culeando sin piedad.

La sensación de estar siendo cogida de esa manera, de ser completamente dominada por su verga en mi culo, era abrumadora. Cada embestida era un nuevo nivel de éxtasis, un paso más cerca del abismo del placer. Mis fluidos se mezclaban con los suyos, lubricando aún más esa penetración brutal y deliciosa.

El sudor nos cubría por completo, los gemidos se entrelazaban en una danza de lujuria y deseo sin límites. Él me decía palabras sucias al oído, insultos y groserías que me excitaban aún más, que me empujaban hacia el borde de un orgasmo monumental. Sentía que iba a explotar en cualquier momento, a derramarme en un torrente de placer incontenible.

Finalmente, llegó el momento. Con un último empujón, él se vino dentro de mí, llenando mi culo con su semen caliente y viscoso. Esa sensación de ser invadida por su venida fue suficiente para desencadenar mi propio orgasmo, haciéndome temblar de placer y gritar su nombre en medio de convulsiones de éxtasis.

Nos quedamos tendidos en la cama, exhaustos y cubiertos de sudor, con la satisfacción de haber alcanzado un nivel de placer indescriptible juntos. Él me abrazó con ternura, besando mi frente y diciéndome lo increíble que había sido. Yo solo pude sonreír, sabiendo que esa noche quedaría grabada en mi memoria como una de las más intensas y placenteras de mi vida.

Qué rica verga, casi no cabe en mi boca. Pero oh, qué delicioso fue sentir cada centímetro de ella en mi cuerpo, llenándome de placer y éxtasis en un torbellino de deseo y lujuria.