La morrita sacude su culo sobre la verga del compa

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La morrita estaba más caliente que una perra en celo aquella noche. Había quedado con su compa para coger sin parar, y no podía esperar a sentir la verga dura de ese cabrón dentro de su concha. Se puso su tanguita de encaje rojo, resaltando su culo perfecto, sabiendo muy bien lo que ese cabrón quería ver. Se acercó a él, se agachó y le sacó la verga, empezando a mamar como una puta desesperada, chupando y saboreando cada centímetro de esa pija.

El compa, excitado al máximo viendo a la morrita mamando con tanta devoción, la levantó bruscamente y la tiró sobre la cama. Sin mediar palabras, la agarró del pelo y le dijo: «¿Te gusta mi verga, putita? Ahora vas a sentir lo que es bueno». La morra, empapada y jadeante, solo asintió con una sonrisa traviesa en los labios.

El compa la giró, dejándola en posición de perrito, y le dio una buena nalgada que resonó en toda la habitación. Sin más preámbulos, guio su verga hacia la concha empapada de la morrita y comenzó a penetrarla con fuerza, sintiendo cada contracción de ese culo que tanto ansiaba coger. Los gemidos se mezclaban con los sonidos de piel contra piel, creando una sinfonía de lujuria y deseo.

La morrita, sintiendo la verga del compa dentro de ella, empezó a mover sus caderas en círculos, sacudiendo su culo con maestría sobre esa pija dura. Los gemidos se intensificaban, mientras el compa la agarraba con fuerza de las caderas, embistiéndola con brutalidad. Cada embestida era como un golpe de placer que recorría todo su cuerpo.

Entre jadeos entrecortados, el compa le susurró al oído a la morrita: «Eres una puta insaciable, te gusta que te cogan como la zorra que eres». La morrita, con los ojos vidriosos de placer, solo pudo gemir en respuesta, sintiendo cómo su cuerpo se estaba consumiendo en un fuego de deseo incontrolable.

El compa, sintiendo cómo la morrita se retorcía de placer bajo él, decidió llevar las cosas a otro nivel. Sacó su verga de la concha de esa puta ardiente y sin previo aviso, la guió hacia su culo, presionando suavemente contra ese agujero estrecho y prohibido. La morrita, sintiendo la punta de la verga en su ano, gimió de sorpresa y placer.

Sin darle tiempo a reaccionar, el compa empujó con fuerza, penetrando el culo de la morrita de una sola vez, sintiendo cómo se abría paso en ese agujero apretado y caliente. Los gritos de la morrita se mezclaron con los gruñidos del compa, que no podía contenerse ante la sensación tan intensa de estar cogiendo un culo tan apretado y delicioso.

La morrita, sintiendo cómo la verga del compa la llenaba por completo, comenzó a menear su culo con frenesí, disfrutando de cada embestida que la llevaba al borde del abismo del placer. El compa, sin dar tregua, seguía culeando ese culo con una ferocidad que solo aumentaba el deseo de la morrita.

Los cuerpos sudorosos y entrelazados se movían al ritmo de la lujuria desenfrenada, mientras el compa seguía taladrando el culo de la morrita sin piedad. Los gemidos, gritos y susurros llenaban la habitación, creando una atmósfera de sexo salvaje y desenfrenado que los envolvía por completo.

La morrita, sintiendo cómo el orgasmo se aproximaba, apretó los dientes y gimió con fuerza, anunciando su venida inminente. El compa, sintiendo cómo el culo de esa puta se contraía alrededor de su verga, no pudo contenerse más y con un gruñido gutural, se dejó ir, liberando todo su semen caliente en lo más profundo de ese culo faminto.

Los dos cuerpos se desplomaron exhaustos sobre la cama, respirando agitadamente, empapados en sudor y fluidos de placer. La morrita se giró hacia el compa, le dedicó una sonrisa pícara y susurró: «Eso fue increíble, ¿cuándo volveremos a hacerlo?». El compa, aún recuperándose del éxtasis del momento, solo pudo sonreír y decir: «Cuando quieras, morrita. Siempre estaré listo para culearte sin parar».