Encontrando a una colegiala en la avenida y se deja follar

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La avenida estaba desierta, solo el eco de mis pasos resonaba en las paredes. De repente, divisé a lo lejos a una colegiala con falda corta y medias, su culo caliente y sus tetas apretadas contra la blusa. Me acerqué sigilosamente, mis ojos clavados en sus caderas moviéndose con gracia. No pude resistirme a la tentación de acercarme y ofrecerle un aventón.

«¿Necesitas ayuda, nena?», dije con voz ronca. La colegiala volteó, sus ojos azules me escudriñaron de pies a cabeza. «Sí, mi auto se descompuso», respondió con voz dulce. Sin perder tiempo, la invité a subir a mi coche. La fragancia a fresa de su perfume me embriagaba, mientras ella se acomodaba en el asiento del copiloto.

Al arrancar, no pude evitar notar cómo su falda subía un poco, dejando al descubierto sus muslos suaves y sedosos. Mi verga se endureció al instante, imaginando lo que se ocultaba debajo de esa diminuta prenda. «¿A dónde te llevo?», pregunté con una sonrisa pícara. «A mi casa, por favor», respondió la colegiala con timidez.

En el trayecto, noté cómo su mirada se desviaba hacia mi entrepierna, donde mi bulto se marcaba claramente. Su rubor era evidente, y no pude resistir la tentación de acariciar su muslo. La colegiala se estremeció ligeramente, pero no puso resistencia. Pronto llegamos a su destino y sin mediar palabra, la tomé de la mano y la guié hacia dentro.

Una vez en su habitación, la colegiala se volteó hacia mí, sus labios entreabiertos y sus ojos suplicantes. Sin esperar más, la tomé entre mis brazos y la atraje hacia mí. Nuestras bocas se fundieron en un beso apasionado, mientras mis manos exploraban su cuerpo joven y firme. Deslicé mis manos por debajo de su falda, acariciando su culo xxx con deseo.

«Quiero cogerte duro», susurré en su oído, haciéndola gemir suavemente. La colegiala asintió con ansias, deseando sentir mi verga dentro de ella. La tumbé en la cama y comencé a despojarla de su ropa, revelando su piel suave y tersa. Sus pezones erectos me llamaban, y no pude resistir la tentación de chuparlos con avidez.

Sus gemidos se volvieron más intensos, sus caderas se movían en busca de más contacto. No pude contenerme más y bajé mi cabeza hacia su entrepierna, donde su concha mojada me esperaba ansiosa. Comencé a mamar su sexo con pasión, sintiendo cómo su cuerpo se arqueaba de placer. La colegiala estaba a punto de estallar, y yo estaba listo para cogerla como nunca antes.

Me coloqué sobre ella, mi verga dura presionando contra su entrada caliente y húmeda. Sin previo aviso, la penetré con fuerza, sintiendo cómo sus paredes se contraían alrededor de mí. La colegiala gritó de placer, sus uñas arañando mi espalda mientras nos entregábamos al deseo más primitivo.

Cogimos sin control, nuestros cuerpos sudorosos chocando en un frenesí de pasión desenfrenada. Sus gemidos se mezclaban con mis gruñidos, creando una sinfonía de lujuria en la habitación. La colegiala pedía más, y yo estaba dispuesto a darle todo lo que necesitaba.

Decidí probar algo nuevo y me deslicé hacia abajo, posicionando mi verga frente a su culo caliente. Sin decir una palabra, comencé a penetrar su ano apretado, sintiendo cómo se abría lentamente para recibirme. La colegiala gimió de dolor y placer, una mezcla embriagadora que me incitaba a seguir adelante.

Culeamos sin descanso, alternando entre su concha y su culo sin piedad. La colegiala estaba en éxtasis, su cuerpo temblando de placer mientras yo la embestía con fuerza. Cada embestida era más profunda, más intensa, llevándonos al borde del abismo del placer absoluto.

Finalmente, llegamos juntos al clímax, nuestros cuerpos convulsionando en un éxtasis compartido. La colegiala se dejó llevar por una venida intensa, sus jugos mezclándose con mi semen caliente. Nos quedamos abrazados, sudorosos y agotados, disfrutando del momento de éxtasis que habíamos creado juntos.

Después de un rato, la colegiala se levantó y me miró con una sonrisa pícara en los labios. «Eso fue increíble», dijo con voz entrecortada. «¿Nos veremos de nuevo?», preguntó, mientras se vestía lentamente. Asentí con una sonrisa, sabiendo que esta no sería la última vez que nos encontraríamos en la avenida.