Colegiala desflorada en casa

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La colegiala, con su uniforme entallado y su coletita de lado, entró tímidamente a la casa. El chaval, un pervertido de 30 años, la miraba con deseo mientras le susurraba al oído: «Tienes un culo perfecto que me vuelve loco». Ella sonrió, sintiendo un calor húmedo entre sus piernas. Se adentraron en la habitación, donde todo cambiaría para siempre.

Él la empujó contra la pared, levantando su falda escolar y revelando sus nalgas blancas. «Mira ese culo caliente, es hora de que te lo desfloré», gritó con voz ronca. Sin previo aviso, introdujo dos dedos en su concha mojada, haciéndola gemir de placer. La colegiala, excitada y sumisa, solo podía susurrar: «¡Sí, cógeme duro!».

La habitación se llenó de gemidos y el sonido de la ropa rasgándose. La colegiala, con sus tetas pequeñas al aire, se arrodilló frente al pervertido y comenzó a mamar su verga como una verdadera putita. «Así, sigue chupando esa pija, seguro te enseñaron bien en la escuela», se burló él. Su boca era un remolino de deseo y saliva, ansiosa por su venida.

De repente, la volteó y la inclinó sobre la cama, dejando al descubierto su culo perfecto. Sin miramientos, la penetró con fuerza y ​​rabia, haciéndola gritar de placer. «¡Cógeme, dame más duro por detrás, quiero sentir toda tu verga dentro de mí!», suplicaba la colegiala en éxtasis. Sus cuerpos chocaban con violencia, en un baile de lujuria descontrolada.

El pervertido no se conformaba con una sola posición, así que la colegiala terminó boca abajo, con su culito en pompa esperando ser invadido. Con cada embestida, ella sentía cómo su virginidad se desvanecía en un torrente de placer y dolor. «Eres mía ahora, colegiala, y haré lo que quiera con tu culo caliente», gruñó salvajemente el chaval.

El ambiente se llenó con el olor a sexo y sudor, mientras los gemidos se mezclaban con el sonido de sus cuerpos chocando. La colegiala estaba en otro mundo, entregada por completo al placer de ser cogida sin piedad. «¡Sí, dame más, no pares, quiero sentirte hasta lo más profundo!», exclamaba entre jadeos y gritos.

La intensidad del momento era palpable, el pervertido no cesaba en su frenesí sexual. Sin avisar, cambió la dinámica y comenzó a explorar su culito virgen con sus dedos y lengua. La colegiala, sorprendida pero excitada, se retorcía de placer. «¡Sí, sí, cómeme el culo, haz lo que quieras conmigo!», suplicaba entre gemidos.

La escena tomó un giro aún más lascivo cuando el pervertido sacó un consolador anal y comenzó a jugar con el apretado agujero trasero de la colegiala. Ella, totalmente entregada al placer, dejó escapar gemidos de éxtasis mientras era penetrada por ambos lados. «¡Esto es increíble, me estás volviendo loca!», gritaba la colegiala en un estado de confusión y deseo desenfrenado.

Finalmente, el pervertido decidió que era hora de la culminación. Colocó a la colegiala de rodillas y descargó toda su venida en su rostro inocente. Ella, con los ojos llenos de semen y la piel brillante, sonrió satisfecha. «¿Quieres más, colegiala?», preguntó él con malicia. «¡Sí, métemela de nuevo, quiero más!», respondió ella, ansiosa por seguir siendo cogida sin control.

Así, en un frenesí de deseo y pasión desenfrenada, la colegiala fue desflorada en casa, convirtiéndose en la putita sumisa de aquel pervertido insaciable. Sus cuerpos se entrelazaron una y otra vez, en un torbellino de sexo salvaje y desenfrenado. Y así, entre gemidos y susurros obscenos, la colegiala descubrió un mundo nuevo de placer y lujuria en manos de aquel hombre que la había desvirgado sin piedad.