Pero trágatela toda..le dice la chica mientras se la mama

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La habitación estaba envuelta en un calor sofocante, el sudor perlaba los cuerpos desnudos que se movían con lujuria. Él, con su verga dura como roca, agarraba con fuerza el culo grande y caliente de la chica que tenía frente a él. Su piel bronceada brillaba con el reflejo de la luz tenue que provenía de una lámpara vieja en una mesa tambaleante. Ella, arrodillada frente a él, comenzó a mamar con ansias la verga palpitante mientras él gemía de placer.

«Mmm, sí, así, chupa mi pija, putita», decía él entre jadeos, agarrando con más fuerza el cabello de ella. La chica, con su concha húmeda y ansiosa, mamaba con frenesí, sintiendo cómo la verga entraba y salía de su boca una y otra vez. Sus tetas rebotaban con cada embestida, excitando aún más a su compañero de cama.

De repente, él la tomó por los hombros y la levantó, lanzándola sobre la cama con brusquedad. La posición reveló su culo redondo y palpitante, listo para ser penetrado. Él no dudó ni un segundo y se lanzó sobre ella, devorando su concha con avidez, sintiendo el sabor de sus fluidos en su boca.

«¿Te gusta cómo te como, eh? ¿Te gusta mi lengua en tu concha, zorra?» gritaba él entre lamidas salvajes, mientras ella gemía sin control, arqueando la espalda de placer. Cada lamida la llevaba más cerca del borde del éxtasis, haciéndola jadear y retorcerse de gusto.

Los gemidos llenaban la habitación, combinándose con el sonido de la cama crujiente bajo el peso de sus cuerpos. Él, con su verga dura como mármol, se colocó detrás de ella, listo para hacerla suya. Sin previo aviso, la penetró con fuerza, sintiendo cómo su cuerpo se ajustaba a él, apretándolo con desesperación.

«¡Sí, así, dame tu culo caliente, putita! ¡Quiero sentirte temblar de placer mientras te follo sin piedad!» gritaba él, embistiendo una y otra vez, sin descanso. Ella, con los ojos cerrados y la boca entreabierta, recibía cada embestida con ansias, entregándose por completo al placer que él le proporcionaba.

El sudor corría por sus cuerpos entrelazados, mezclándose con sus fluidos y creando una sinfonía de placer y lujuria incontrolables. Los gemidos se intensificaban, marcando el ritmo frenético de la cogida desenfrenada que estaban disfrutando. Cada embestida era más profunda que la anterior, haciendo que ella gritara de placer.

De repente, él la tomó por las caderas y la giró, colocándola en posición de perrito. Su culo grande y caliente quedó expuesto, esperando ser penetrado una vez más por la verga dura y ansiosa. Sin dudarlo, él la embistió con furia, sintiendo cómo sus cuerpos se fundían en un vaivén de pasión y deseo desenfrenado.

«¡Sí, dame tu culo, putita! ¡Quiero sentirte apretadita alrededor de mi verga, quiero cogerte hasta que no puedas más!» gritaba él, embistiendo con más fuerza si cabía. Ella, con la cara entre las sábanas, gemía de placer, sintiendo cómo el orgasmo se acercaba con rapidez.

La cogida era intensa, brutal, como si ambos estuvieran poseídos por una pasión incontrolable que los llevaba al límite una y otra vez. Los cuerpos sudorosos chocaban con fuerza, buscando el placer más allá de los límites establecidos, sin importar nada más que el éxtasis compartido que estaban experimentando.

Finalmente, él sintió cómo el orgasmo se acercaba, cómo el semen ardiente subía desde lo más profundo de sus entrañas, listo para ser liberado en su interior. Con un gruñido feroz, se dejó llevar, eyaculando con fuerza en el culo caliente y apretado de la chica, marcándola como suya para siempre.

Ella, sintiendo la venida de él, se dejó llevar también, estallando en un orgasmo salvaje que la hizo temblar de pies a cabeza. Los gemidos se fundieron en uno solo, marcando el final de una cogida épica que los dejó exhaustos y completamente saciados.

Se quedaron abrazados, respirando agitadamente, sintiendo el sudor y los fluidos pegajosos que los envolvían. El silencio reinó por un momento, hasta que ella rompió el hechizo con una risa nerviosa.

«Pero trágatela toda..le dice la chica mientras se la mama».