La rubia de culo grande que conocí en la fiesta resultó ser una zorra insaciable. Desde que la vi mover ese culo caliente al ritmo de la música, supe que esa noche no iba a acabar sin que probara mi verga. Nos escondimos en un rincón oscuro, apenas iluminado por la luz de una lámpara tenue, y sin mediar palabra, me agarró la pija por encima del pantalón.
«¿Así que quieres que te coja, putita?» le dije mientras le levantaba la minifalda para encontrarme con unas nalgas divinas y un hilo dental que apenas cubría su concha. «Cogeme ya, ¡hazme tuya!», respondió ella con voz jadeante. Sin perder tiempo, le aparté la tanga a un lado y empecé a lamer su culo, mientras ella gemía de placer.
Sin previo aviso, me arrodillé y empecé a mamar su concha con ansias, sintiendo sus flujos calientes en mi boca. La rubia no se detenía, movía su culo de forma descontrolada, incitándome a seguir. «¡Más fuerte, más rápido, dame toda tu verga!», gritaba mientras yo disfrutaba de su sabor a hembra en celo.
Luego de un rato chupando su coño, me pidió que le diera sexo anal, algo que no dudé en hacer. Levanté sus piernas y le introduje la verga en su culo apretado, sintiendo cómo me apretaba con fuerza con cada embestida. La rubia gemía y pedía más, más duro, más profundo.
«¡Qué rica cogida me estás dando, cabrón! ¡Sí, así, dame por el culo como a la puta que soy!», exclamaba entre gemidos. No me detuve, seguí embistiéndola sin piedad, disfrutando de cada centímetro de su culo caliente y tragón. Sentía cómo mis huevos golpeaban contra su piel, generando un sonido obsceno que nos excitaba aún más.
Después de un rato culeando su culo, la puse en cuatro patas y seguí penetrándola con fuerza, mientras le jalaba el cabello y le decía lo guarra que era. La rubia respondía con gemidos y palabras sucias, pidiendo más y más. «¡Sí, así, dame tu verga, rompeme el culo, hazme tuya por completo!».
No pude contenerme más y le di la vuelta, poniéndola boca arriba para seguir cogiéndola con furia. La mire a los ojos y le dije: «¿Quieres mi leche en tu boca, putita?» a lo que ella respondió con una sonrisa maliciosa. Sin más preámbulos, saqué mi verga de su culo y le dije que la mamara hasta sacarme toda la leche.
La rubia, sumisa, se metió mi pija en la boca y empezó a mamar con ansias, como si fuera la última verga que probaría en su vida. Sentía su lengua recorrer cada centímetro de mi falo, provocándome un placer indescriptible. «¡Trágatela toda, traga mi venida, putita!» le ordené mientras me corría en su boca.
Ella recibió mi semen con gusto, saboreándolo y tragándolo como si fuera el mejor manjar. Después de eso, nos quedamos un rato recostados, recuperando el aliento y disfrutando del momento. La rubia se acercó a mí y me susurró al oído: «Todas las rubias somos igual de atrevidas, ¿no crees?».
Y así, entre risas y gemidos, terminó aquella noche de sexo desenfrenado. La rubia de culo grande demostró que, efectivamente, las rubias son igual de atrevidas, dispuestas a todo por una buena cogida.




















