Cogiendo a una pendeja culona adolescente

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La pendeja culona adolescente se acercó tímidamente hacia mí, con su culo grande moviéndose de un lado a otro con cada paso que daba. Tenía un culo perfecto, redondo y firme, que cualquier hombre desearía poseer. Su inocencia me excitaba, y no pude evitar acercarme a ella con lujuria en los ojos.

La tomé por la cintura y la atraje hacia mí, sintiendo el calor de su cuerpo joven contra el mío. Sus tetas apenas escondidas bajo una blusa ajustada me llamaban a gritos, y no pude resistir la tentación de acercar mi boca a sus pezones duros y rosados. La pendeja gemía suavemente, excitada por mis caricias.

Le ordené que se arrodillara y me sacara la verga, y ella obedeció sin rechistar. Se la metió en la boca con ansias, mamando con destreza mientras miraba directamente a mis ojos, rogando por más. La cogida ya estaba en marcha, y no había vuelta atrás.

La pendeja culona adolescente suplicaba por sentir mi pija dentro de su concha húmeda, y yo no podía negárselo. La recosté en la cama, levanté su falda corta y me enfrenté a su culo perfecto, listo para ser penetrado. Sin pensarlo dos veces, la tomé con fuerza y la embestí con violencia.

Cada embestida hacía que sus nalgas temblaran y que sus gemidos se hicieran más intensos. La posición en la que estábamos permitía que viera su cara de placer extremo mientras era cogida sin piedad, y eso solo lograba excitarme más. El sexo anal estaba a punto de suceder, y ambos lo deseábamos con ansias.

Con movimientos bruscos, introduje mi verga en su culo apretado, sintiendo cómo se abría ante mí. La pendeja, lejos de sentir dolor, imploraba por más, por una cogida más intensa y profunda. Mis embestidas eran salvajes, sin piedad, y ella disfrutaba cada segundo de aquella sodomía inesperada.

Luego de un rato de sexo anal intenso, la pendeja culona adolescente me rogó que le diera mi leche en la cara. Sin dudarlo, me retiré de su culo y me masturbé frente a ella, dejando que mi pija liberara todo su semen caliente sobre su rostro angelical. La venida fue abundante y gloriosa, cubriendo su piel suave con mis fluidos.

Agotados y satisfechos, nos quedamos tendidos en la cama, sintiendo el sudor recorrer nuestros cuerpos desnudos. La pendeja sonreía, y yo sabía que aquella cogida no sería la última que compartiríamos. Ambos éramos adictos al sexo duro y sin límites, y aquella noche había sido solo el comienzo de algo mucho más intenso.