Meredith dándole de perrito en la cama de sus padres

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Meredith estaba ansiosa por probar algo diferente, algo prohibido. Sabía que esa tarde tenía la casa sola y decidió invitar a su chico, un tipo rudo con una verga enorme y unas ganas insaciables de coger. Cuando él llegó, no perdieron tiempo y se dirigieron directamente al cuarto de los padres de Meredith, donde la cama doble era testigo de sus más oscuros deseos.

Él la empujó con fuerza sobre la cama, haciéndola caer de espaldas, y en un instante la tuvo a cuatro patas, mostrándole sus nalgas grandes y redondas. Meredith gemía de placer, excitada por la idea de estar rompiendo las reglas en la misma cama donde sus padres solían dormir. Él le dio una nalgada fuerte que resonó en la habitación y ella se estremeció de placer.

«¡Métesela toda, papito! ¡Quiero sentir tu verga llenándome el culo!», gritó Meredith, mientras él acercaba su pija dura a su entrada trasera. Sin más preámbulos, la penetró con fuerza, haciendo que ella soltara un gemido ahogado. La sensación de tener su culo invadido la enloquecía, y ella comenzó a mover sus caderas al ritmo de sus embestidas, disfrutando cada centímetro de esa verga dentro de ella.

Cada embestida era más intensa que la anterior, y Meredith sentía cómo su cuerpo se calentaba con el roce de la piel sudorosa de su amante. Él agarraba sus caderas con fuerza, marcando su territorio en ese cuerpo deseoso de placer. La habitación se llenaba con los sonidos húmedos de sus cuerpos chocando y los gemidos de ambos.

«¡Así, así! ¡Dame más duro, cabrón! ¡Quiero sentirte hasta lo más profundo de mi culo!», gritaba Meredith en un arrebato de lujuria desenfrenada. Él respondía a sus ruegos con embestidas más salvajes, cavando en lo más profundo de ella con una pasión que rayaba en lo animal.

El sudor corría por sus cuerpos, mezclándose con la saliva y los gemidos de placer que no podían contener. Meredith se sentía en el borde del abismo, a punto de dejarse caer en un orgasmo que la consumiría por completo. Él la seguía penetrando con una determinación feroz, sin dar tregua a su deseo insaciable.

De repente, él la sacó de golpe y la hizo girar para quedar frente a frente. Meredith pudo ver en sus ojos el deseo desenfrenado que la consumía, y supo que aún no había terminado. Él la empujó de nuevo sobre la cama, esta vez con ella boca abajo, listo para continuar con su cogida salvaje.

«¡Ahora te voy a coger como la zorra que eres, Meredith! ¡Voy a llenarte de leche hasta que ya no puedas más!», gruñó él en un tono rudo y amenazante que solo aumentó la excitación de Meredith. Ella se preparó para lo que venía, ansiosa por sentirlo dentro de ella una vez más.

La verga dura de él encontró su entrada sin dificultad, y comenzó a culearla con una fuerza que la hizo gritar de placer. Meredith sentía cada embestida como un golpe de éxtasis, un placer tan intenso que la llevaba al límite de lo soportable. Sus manos se aferraban a las sábanas, buscando algo en qué sostenerse en medio de la tormenta de sensaciones que la invadía.

Él la azotaba sin piedad, marcando su piel con marcas de deseo y lujuria. Meredith se sentía poseída por él, entregada a esa cogida desenfrenada que la llevaba al borde de la locura. Cada embestida era un recordatorio de quién mandaba en ese momento, y ella lo aceptaba sin reservas.

El sexo anal era una experiencia nueva para Meredith, pero en ese momento no podía pensar en nada más que en las embestidas furiosas de su amante. Él la cogía con una maestría que la dejaba sin aliento, llevándola a un estado de éxtasis que nunca había experimentado antes. Cada venida estaba más cerca, y ella sabía que sería explosiva.

Finalmente, él la tomó con más fuerza, embistiendo con una intensidad que la hizo gritar su nombre en un arranque de placer desenfrenado. Meredith sintió cómo su cuerpo se estremecía con el orgasmo que la sacudió de pies a cabeza, dejándola rendida y satisfecha sobre la cama de sus padres, donde habían vivido esa locura inolvidable.